LA COMUNIDAD COMO USUARIO DE LA INFORMACIÓN

Desde un punto de vista convencional se reconoce como aquella población que vive dentro de los límites de una ciudad fijados por la ley; y raramente se refiere a un área metropolitana, un área de mercado o cualquier entidad definida por funciones diferentes de las políticas.

Ya que están compuestas por unos espacios físicos y ocupados por un conjunto de asociaciones, corporaciones e instituciones que interactúan con los habitantes, como museos, bancos, colegios, universidades, hospitales, parques, iglesias, acciones comunales, entre otros; esta integración permanente de funciones y actividades tanto en tiempo como en espacio, que proporciona la ciudad misma, permite aumentar y continuar las relaciones humanas como prolongación del conglomerado social y las relaciones humanas.

La implantación o evaluación de un servicio de información, [en las unidades de información] y la participación activa de [éstas] en los programas sociales, [educativos] y de desarrollo [de todos] los sectores de la comunidad, requiere la realización inicial de un diagnóstico de la comunidad [en la cual se encuentran inmersas] y de sus necesidades específicas de información utilitaria. Se debe caracterizar en todas sus condiciones culturales, económicas, sociales y políticas.

El bibliotecólogo como agente social de cambio deberá conocer la realidad de la población antes de planificar la forma de servirla, para adecuar su oferta a unas necesidades específicas. Es necesario delimitar y reconocer las características del conglomerado humano que la conforma y las condiciones físicas y culturales que comparte.

Es así como el análisis de la comunidad tiene como fin el conocimiento del entorno de la biblioteca y la identificación de las necesidades de los ciudadanos en relación con la oferta bibliotecaria1.

(Ver: La comunidad como usuario.ppt)

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1 Nora Elena Rendón Giraldo. Los Estudios de Comunidad en Bibliotecas Públicas. En : Información: producción, comunicación y servicios. México. Año 8, no. 35, (OTOÑO 1998); p. 9.